Durante años, para muchos jóvenes españoles el camino parecía estar trazado: terminar el instituto, acceder a la universidad y construir a partir de ahí una carrera profesional. La Formación Profesional ocupaba otro espacio, a menudo considerado una alternativa para quienes no seguían el itinerario universitario. Los datos más recientes dibujan un escenario bastante más complejo.
La FP ha alcanzado en el curso 2025-2026 su máximo histórico de matriculación, con 1.211.062 estudiantes, un 2,5% más que el año anterior.
El crecimiento se extiende a sus diferentes niveles y resulta especialmente significativo en los cursos de especialización, que aumentaron un 17,7%. El dato refleja que la formación orientada directamente al mercado laboral está ganando peso dentro de las decisiones educativas de los/as estudiantes españoles/as.
Pero el cambio no consiste necesariamente en sustituir la universidad por la FP. De hecho, los datos del Instituto Nacional de Estadística apuntan hacia itinerarios cada vez más diversos. En 2024, el 22,1% de las personas de entre 15 y 34 años con estudios superiores contaba también con una titulación de grado medio de orientación profesional. Es decir, para una parte de los jóvenes, acumular diferentes tipos de formación puede ser más útil que elegir una única vía y mantenerla durante toda su trayectoria.
La transformación también tiene una explicación desde el mercado laboral. El Servicio Público de Empleo Estatal ha detectado dificultades para cubrir determinadas ocupaciones relacionadas con la construcción y la industria, entre ellas perfiles técnicos como electricistas, fontaneros, soldadores, mecánicos o albañiles. En el último trimestre de 2025 se contabilizaron 95.340 vacantes en España y 43.495 llevaban al menos 90 días sin cubrirse.
La paradoja resulta evidente, mientras una parte del mercado laboral necesita trabajadores con competencias técnicas concretas, el sistema educativo está registrando una demanda creciente de formación profesional. Entre ambas realidades aparece uno de los grandes retos del empleo español; conseguir que la formación y las necesidades de las empresas encajen mejor.
También está cambiando la idea de lo que significa tener una profesión cualificada. Una carrera universitaria continúa siendo una vía fundamental para acceder a numerosos empleos y sectores, pero ya no es la única forma de adquirir conocimientos especializados. La FP permite obtener competencias concretas, acceder a entornos profesionales desde etapas tempranas y, posteriormente, continuar estudiando o especializarse.
Ese último punto es especialmente relevante. La trayectoria educativa empieza a parecerse menos a una escalera con un único recorrido y más a un mapa con diferentes caminos. Un joven puede cursar Bachillerato y después una carrera; otro puede comenzar con un grado medio, continuar con un grado superior y especializarse posteriormente; otro puede combinar estudios universitarios con formación profesional a lo largo de su vida laboral.
La pregunta, por tanto, ya no debería ser únicamente “¿universidad o FP?”. Para una generación que afrontará cambios tecnológicos, nuevas profesiones y transformaciones constantes en el mercado de trabajo, la cuestión puede ser otra, qué combinación de conocimientos y habilidades permite construir una trayectoria profesional sostenible.
El auge de la FP no implica el final del modelo universitario. Sí muestra, en cambio, que el acceso al empleo cualificado está dejando de tener una única puerta de entrada.
Y quizá esa sea una de las transformaciones más importantes: los jóvenes no tienen necesariamente que elegir entre estudiar para saber y estudiar para hacer. Cada vez existen más itinerarios que combinan ambas cosas.
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