Podéis ir en paz…

14 febrero, 2014

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Tengo dos hijas (y dos hijos pero estos no vienen al caso) que no hacen nada en casa, sí, sí,sacan muy buenas notas, pero no hacen nada en casa. Yo sé que va a sonar el teléfono en casa porque un nanosegundo ANTES de que suene se oyen en casa cuatro “pido no”. No me explico cómo detectan que el teléfono va a sonar, pero lo cierto es que lo saben. Si pido un favor a cualquiera de ellas me responden con un “pídeselo a la otra que yo ya te hice uno ayer”. Vamos, unas niñas de doce y trece años normales y corrientes, como las tuyas, o las tuyas, sí, sí, las tuyas.

También tengo una hermana extraordinaria (mis tres hermanas son extraordinarias), que hace voluntariado todos los sábados con las monjas de la Madre Teresa de Calcula y últimamente mis hijas se han aficionado a ir con ella a ayudar. La primera vez que fueron a los comedores sociales les pusieron a cada una de ellas un cubo de basura, del tamaño de los que hay en la calle, lleno de patatas y les dijeron que las pelaran, cuando mis  hijas preguntaron  ¿cuantas?, les respondieron: todas. Y las pelaron todas. Pelan cebollas y llegan encharcadas de lágrimas, limpian las mesas de los ancianos, pelan pescado,  friegan las cocinas… Mi hermana me manda fotos por wassup  (¿sabéis lo que es el wassup?) y en todas ellas están con una sonrisa. Llegan a casa agotadas, entusiasmadas, oliendo a pescado o a cebolla o a qué se yo y deseando volver el siguiente sábado. Ni una queja. Sienten que ayudan y les gusta.

Y entonces…, ¿por qué coño en casa no hacen nada?, o mejor dicho, ¿por qué coño para conseguir que en casa hagan algo tiene que haber una negociación larga y dolorosa?.

Pero ¿por qué?. (O como le dijo un niño en clase de inglés a su profesor ¿Pero because?)

Esto me recuerda a otra frase que el gran Guillermo Puertas (aunque debería llamarse ventanas) les recomienda a los padres sobreprotectores (mi caso)  para que se la digan a sus hijos.

“Esta muy bien que te preocupes por la conservación de las selvas amazónicas, pero por el momento sube y recoge tu cuarto.”

Me gusta tanto la frase que hasta me da cargo de conciencia tener un Mac, me siento como si le pusiera los cuernos al amigo Bill.

Bueno, al tema, ¿por qué ese cambio de actitud fuera de casa? ¿Por qué van entusiasmadas  a ayudar  fuera y cuesta tanto que ayuden  dentro?

Pues quizá sea porque en casa compiten unos con otros y fuera no. En casa les puede el amor propio y fuera no lo hay. Con los indigentes, los negritos del África, los ancianos desvalidos no hay ni soberbia, ni competición,  ni ganas de quedar por encima, ellos saben que están por encima y como no tienen  que demostrarlo, se muestran generosos con ellos, sale todo lo bueno que llevan dentro. Pero en casa… en casa hay una competición constante, por el sitio de la tele, por la patata más grande, por el mejor filete, y en vez de ceder y sacar lo mejor…compiten y sale lo peor. Una pena.

Se olvidan de la gran frase de la canción de  Julio Churches “No pierde más quien más amó” o del lema de los boxeadores “Es mejor dar que recibir”

Aunque claro eso es como el matrimonio. Cuando estamos sentados los amigos tomando algo, si llega la mujer de uno de ellos, todos nos levantamos a cederle la silla a la mujer que llega…  todos menos su marido. Hay que joderse.

Pensad en ello. Da para mucho.

Vaya, hoy en vez de un blog, me ha salido una homilía.

Podéis ir en paz.

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